„ ¿QUÉ HORA ERA? “
 
Hora
3ª vigilia griega y romana.
El canto del gallo
Mr 13:35; Mr 14:30
24 (décima) 8ª    
1     Periodo nocturno
Éx 10:13
A M
2   3ª vigilia hebrea, Vigilia matutina, (de las 2 a las 6 ± de la mañana)
Éx 14:24; 1Sa 11:11
4ª Vigilia romana última vigilia.
(muy de mañana)
Mt 14:25; Mr 1:35; 6:48
3 (novena de la noche)
4  
Crepúsculo Matutino 5  
Comienzo del día. 6 (El alba)   12 horas de luz del día. (período diurno)
Jn 11:9
Anochecer*
7 (primera) Pos. del Sol 100º
8 (segúnda)  
9 (tercera del día)  
10 (cuarta)  
11 (quinta)  
(al mediodía) Gé 43:16 12 (sexta) Pos. del Sol 180º
13 (séptima)   P M
Al calor del día.
Gé 18:1
hora de Oración.
Hch. 3:1; 10:3; 10:30
14 (octava)  
15 (novena del día) -nona- Hora en que murio Jesús. Mt. 27:45
16 (décima) Pos. del Sol 220º
Hacia la parte airosa del día.
Gé 3:8
  17 (undécima)  
1ª Vigilia romana
(Entre 2 tardes) Ex. 12:6
(Tarde en el día) Mr 11:19
18 (duodécima) 1ª vigilia hebrea, Vig. de la noche, (desde las 18.00 hasta las 22.00 h).
Sl 63:6
19   Periodo nocturno
Éx 10:13
20  
2ª Vigilia romana (medianoche)
Lu 12:38; Hch. 23:23
21 (tercera)
22   2ª vigilia hebrea, Vigilia intermedia de la noche, (± 22.00 h. hasta las 2.00 de la madrugada).
Jue 7:19
23  
24  
1  
Sistema sexagesimal (de a 60) Egipto-babilonio  h:00  m:00´    s:00"
Los hebreos dividían la noche en 3 vigilias de 4 horas cada una según Éx 14:24 y Jue 7:19,
pero posteriormente adoptaron el sistema romano de cuatro vigilias nocturnas. Véanse Mr 13:35, nn.
Los romanos y griegos dividían la noche en 4 vigilias de 3 horas cada una.
El día es la unidad de tiempo en que la tierra da una rotación sobre su propio eje.
Los horarios son aproximadamente, debido al cambio de las estaciones.
La diferencia de una hora en cada huso de los 24 existentes a partir del meridiano origen representa 15º de longitud desde Greenwich (eng)
Fuentes: (W91 1/8 20-23) - (g95 8/3 17-20)-(Si 279) - (Ayuda 437,750,1201) - (it-2-Pg.494)

¿Cómo se dividían el día y la noche en tiempos bíblicos? - (1-5-2011-Pg.15)
Las Escrituras Hebreas emplean expresiones como “mañana”, “mediodía” y “atardecer” (1 Reyes 18:26; Deuteronomio 28:29; Génesis 24:11). En un principio, los hebreos dividían la noche en tres vigilias de unas cuatro horas, pero después adoptaron el sistema griego y romano de cuatro vigilias nocturnas. Evidentemente, Jesús se refirió a este último método cuando dijo: “ Manténganse alerta, porque no saben cuándo viene el amo de la casa, si tarde en el día o a medianoche o al canto del gallo o muy de mañana” (Marcos 13:35). La vigilia “tarde en el día” iba desde la puesta del Sol hasta las nueve de la noche. La siguiente terminaba a medianoche, y la tercera, el “canto del gallo”, se extendía hasta aproximadamente las tres de la madrugada. Por último, la vigilia denominada “muy de mañana” duraba hasta el amanecer. Fue “en el período de la cuarta vigilia de la noche” que Jesús caminó sobre las aguas del mar de Galilea (Mateo 14:23-26).
En las Escrituras Griegas Cristianas, el término “hora” designa la doceava parte del espacio de tiempo que va desde la salida hasta la puesta del Sol (Juan 11:9).
Puesto que la duración de ese período varía en Israel según la estación del año, por lo general solo se indicaba la hora aproximada en que ocurría algún suceso, por ejemplo, “como a la hora sexta” (Hechos 10:9).

am pm 24 horas
Si son las horas min. en
Qué hora es en  
     
 
“Día”
(Heb.: ------; Gr.: ------.)
Sinónimos: ------, ------.
Definición / Significado: Para los hebreos, el día se extendía desde una puesta del Sol hasta la siguiente.

“Día”, como se usa en la Biblia tiene varios y diversos significados, tal como se aplica con diferentes sentidos en nuestros tiempos. Una rotación completa de la Tierra sobre su eje mide un día de 24 horas. En este sentido, un día se compone del tiempo diurno y el tiempo nocturno, un total de 24 horas. (Juan 20:19.) Con todo, al período diurno mismo, que por lo general tiene un promedio de 12 horas, también se le llama día. “Y Dios empezó a llamar a la luz Día, pero a la oscuridad llamó Noche.” (Gén. 1:5.) Esto hace surgir el vocablo de tiempo “noche”, el período que generalmente tiene un promedio de 12 horas de oscuridad. (Éxo. 10:13.)

Puede incluir verano e invierno, el paso de las estaciones (Zacarías 14:8).
Por ejemplo, “El día de la siega” envuelve muchos días. (Compárese Proverbios 25:13 con Génesis 30:14).

Cuando Moisés resume la historia de la creación, se refiere a los seis días creativos como si fueran uno solo (Génesis 2:4). Por otra parte, en el primero de esos días, “Dios empezo a llamar a la luz Día, pero a la oscuridad llamó Noche” (Génesis 1:5).
En este caso, el término “día” solo alude a parte de un período de veinticuatro horas.

Mil años son comparados con un día (Salmo 90:4; 2 Pedro 3:8, 10). El “Día de Juicio” abarca muchos años (Mateo 10:15; Mateo 11:22-24). Parecería razonable que los “días” de Génesis también pudieran haber abarcado extensos espacios de tiempo... milenios.

En términos proféticos, un día a veces puede representar un año, como en Ezequiel 4:6, donde dice: “Y tienes que acostarte sobre tu lado derecho en el segundo caso, y tienes que llevar el error de la casa de Judá cuarenta días. Un día por un año, un día por un año, es lo que te he dado”. (Véase también Nú 14:34.)

Hay ciertas cantidades específicas de días relacionadas con las profecías. Por ejemplo: 3 1/2 días (Rev 11:9), 10 días (Rev 2:10), 40 días (Eze 4:6), 390 días (Eze 4:5), 1.260 días (Rev 11:3; Rev 12:6), 1.290 días (Da 12:11), 1.335 días (Da 12:12) y 2.300 días (Da 8:14).

El término “día(s)” también se usa con referencia al período de tiempo en el que vivió una persona en particular, como, por ejemplo, los “días de Noé” y los “días de Lot”. (Lu 17:26-30; Isa 1:1.)

Jehová Dios introdujo esta división fundamental del tiempo en el primer “día” del período preparatorio de la Tierra para la ocupación del hombre, cuando la luz difusa penetró la capa de gases que envolvía la Tierra y alcanzó la superficie acuosa, con lo que el planeta, al girar sobre su propio eje, tuvo su primer día y su primera noche. “Efectuó Dios una división entre la luz y la oscuridad. Y Dios empezó a llamar a la luz Día, pero a la oscuridad llamó Noche.” (Gé 1:4, 5.) En este caso, la palabra “Día” se refiere a las horas de luz solar, a diferencia de la noche. Sin embargo, a continuación el registro usa la palabra “día” (heb. yohm; gr. hë·mé·ra) para designar otras unidades de tiempo. Tanto en las Escrituras Hebreas como en las Griegas la palabra “día” se usa en sentido literal y figurado o incluso simbólico.

El día solar, la unidad fundamental de tiempo, viene determinada por la rotación completa de la Tierra sobre su eje, es decir, desde el momento en que el Sol pasa por un meridiano, alcanzando el punto más alto al mediodía, hasta que regresa a él. El día solar se divide en dos períodos de doce horas. El primero se designa en algunos países por la expresión latina ante meridiem (a.m.) y el segundo, por la expresión post meridiem (p.m.). Sin embargo, en tiempos bíblicos se emplearon otros métodos para dividir el día.

Los hebreos empezaban su día al anochecer, después de la puesta del Sol, y lo terminaban con la puesta del Sol del día siguiente. El día, por lo tanto, iba de anochecer a anochecer —“desde la tarde hasta la tarde deben observar su sábado” (Le 23:32)—, lo que seguía el modelo de los días creativos de Jehová: “Y llegó a haber tarde y llegó a haber mañana, un día primero”. (Gé 1:5; compárese con Da 8:14.)

Los hebreos no fueron los únicos en contar el día desde el anochecer hasta el anochecer, también lo hicieron así los fenicios, los númidas y los atenienses. No obstante, los babilonios contaban el día desde la salida del Sol hasta la salida del Sol, mientras que los egipcios y los romanos lo hacían de medianoche a medianoche, como se suele hacer hoy.

Aunque los hebreos empezaban oficialmente su día al anochecer, a veces se referían a él como si empezara por la mañana. Por ejemplo, Levítico 7:15 dice: “La carne del sacrificio de acción de gracias de sus sacrificios de comunión ha de ser comida en el día de su ofrenda. Él no debe guardar nada de ella hasta la mañana”. Este uso era solo un asunto de conveniencia al expresarse, para indicar que no debería guardarse nada de la noche hasta la mañana siguiente.

En el relato de la creación también se llama día al período de luz diurna. (Gé 1:5; 8:22.) En la Biblia, el día se divide en períodos naturales: el crepúsculo de la mañana u oscuridad matutina, justo antes de que comience el día (Sl 119:147; 1Sa 30:17), la salida del Sol (Job 3:9), después viene la mañana (Gé 24:54), el mediodía (Dt 28:29; 1Re 18:27; Isa 16:3; Hch 22:6) y la puesta del Sol, que marcaba el final del día (Gé 15:12; Jos 8:29) y precedía al crepúsculo de la noche u oscuridad vespertina. (2Re 7:5, 7.) Las ocasiones en que los sacerdotes presentaban ciertas ofrendas o quemaban el incienso también eran períodos de tiempo conocidos para la gente. (1Re 18:29, 36; Lu 1:10.)

Los días Bíblicos... ¿cuánto duraron?
El yohm hebreo: ‘Un día; un largo tiempo; el tiempo que abarca un suceso extraordinario’. (Old Testament Word Studies, página 109.)

La luz del día: “Luz brillante que va haciéndose más y más clara hasta que el día queda firmemente establecido”. (Proverbios 4:18.)

Día de 24 horas: “Siguió el diluvio sobre la tierra por cuarenta días”. (Génesis 7:17.)

Día puede incluir estaciones: “Tiene que ocurrir en aquel día [...] En verano y en invierno ocurrirá”. (Zacarías 14:8.)

Día puede significar muchos días: “El día de la siega”. “En los días de la siega del trigo.” (Proverbios 25:13 y Génesis 30:14.)

Día como 1.000 años y como una vigilia de la noche: “Porque mil años son a tus ojos solo como el día de ayer [...] y como una vigilia durante la noche”. (Salmo 90:4; también 2 Pedro 3:8-10.)

“Día de salvación”, muchos años. (Isaías 49:8.)

“Día de Juicio”, muchos años. (Mateo 10:15; 11:22-24.)

La vida del hombre como días: “Los días de Noé”, “los días de Lot”. (Lucas 17:26, 28, Biblia de Jerusalén.)

Días creativos del capítulo 1 de Génesis: “un día primero”, “un día segundo”, y así sucesivamente, de 7.000 años cada uno. Se hace referencia a los seis días creativos como un día: “En el día que hizo Jehová Dios tierra y cielo”. (Génesis 2:4.)


¿A qué se refiere la expresión “entre las dos tardes”?

Las Escrituras emplean la expresión “entre las dos tardes” con respecto al sacrificio del cordero pascual que se hacía el 14 de Nisán. (Éx 12:6.) Aunque la tradición judía explica que este período transcurre desde que el Sol comienza a declinar hasta su puesta, parece que la explicación correcta es que la primera tarde corresponde al comienzo de la puesta del Sol y la segunda, al momento en que la última claridad crepuscular desaparece y cae la noche. (Dt 16:6; Sl 104:19, 20.) Esta explicación concuerda con la del rabino español Aben Ezra (1092-1167), los samaritanos y los judíos caraítas. También es el punto de vista que sostienen eruditos como Michaelis, Rosenmueller, Gesenius, Maurer, Kalisch, Knobel y Keil.

No existen indicios de que los hebreos hayan dividido el día en horas con anterioridad al exilio babilonio. La palabra aramea scha·`áh, que la Versión Valera de 1960 traduce por “hora” en Daniel 3:15; 4:19, 33; y 5:5, significa literalmente “vistazo”, por lo que se traduce con más exactitud “momento”. No obstante, después del cautiverio el pueblo judío empezó a usar la hora como medida del tiempo. La expresión “la sombra de las gradas”, empleada en Isaías 38:8 y 2 Reyes 20:8-11, puede que se refiera a algún tipo de reloj solar, en el que la sombra proyectada por el Sol recorría una serie de escalones. (Véase SOL - [La sombra que retrocedió diez gradas].)

Los antiguos babilonios usaron el sistema sexagesimal, escala matemática que tiene por base el número sesenta. De este sistema heredamos nuestra división del tiempo: el día en veinticuatro horas (o en dos períodos de doce horas cada uno), la hora en sesenta minutos y el minuto en sesenta segundos.

En los días del ministerio terrestre de Jesús era común dividir en horas el período de luz del día. Así, en Juan 11:9 Jesús dijo: “Hay doce horas de luz del día, ¿no es verdad?”. Estas horas se contaban por lo general desde la salida hasta la puesta del Sol, o aproximadamente desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde. Por lo tanto, la “hora tercera” correspondería más o menos a las nueve de la mañana, y fue a esta hora cuando se derramó el espíritu santo en el Pentecostés. (Mt 20:3; Hch 2:15.) Cuando Jesús, cansado del viaje, se sentó en la fuente de Jacob, “la hora era a eso de la sexta” o el mediodía. A esta hora también fue cuando a Pedro, estando en Jope, le dio mucha hambre. (Jn 4:6; Hch 10:9, 10.) Así mismo, fue al mediodía cuando cayó oscuridad sobre la Tierra, hasta la “hora nona”, es decir, hasta las tres de la tarde, la hora a la que Jesús expiró en el madero de tormento. (Mt 27:45, 46; Lu 23:44, 46.) La hora nona también era conocida como “la hora de oración”. (Hch 3:1; 10:3, 4, 30.) En consecuencia, la “hora séptima” sería sobre la una de la tarde y la “hora undécima”, alrededor de las cinco de la tarde. (Jn 4:52; Mt 20:6-12.) En aquel tiempo la noche también se dividía en horas. (Hch 23:23; véase NOCHE.)

En algunas ocasiones los hebreos usaban la expresión ‘día y noche’ para referirse solo a una parte de un día solar de veinticuatro horas. Por ejemplo, en 1 Reyes 12:5, 12 se dice que Rehoboam pidió a Jeroboán y a los israelitas que se “[fueran] por tres días” y después volviesen a él. Prueba de que no se refería a tres días completos de veinticuatro horas, sino a tres días incompletos, está en el hecho de que la gente volvió a él “al tercer día”. En Mateo 12:40 se da el mismo significado a los “tres días y tres noches” que Jesús estuvo en el Seol. Como muestra el registro, fue levantado a la vida al “tercer día”. Los sacerdotes judíos entendieron claramente que este era el significado de las palabras de Jesús, ya que cuando quisieron impedir su resurrección, citaron sus palabras: “Después de tres días he de ser levantado”, y luego solicitaron a Pilato que emitiera una orden para que “se [asegurara] el sepulcro hasta el día tercero”. (Mt 27:62-66; 28:1-6; nótense otros ejemplos en Gé 42:17, 18; Est 4:16; 5:1.)

Los hebreos no tenían nombres para los días de la semana, a excepción del séptimo: el sábado. (Véase SÁBADO.) Por lo general, se aludía a ellos por su orden numérico. En los días de Jesús y los apóstoles, la víspera del sábado llegó a ser conocida como el día de la Preparación. (Mt 28:1; Hch 20:7; Mr 15:42; Jn 19:31; véase SEMANA.) La costumbre de designar los días con nombres de planetas y de otros cuerpos celestes tuvo su origen en el paganismo. Los nombres latinos correspondían —de lunes a domingo— a los siguientes cuerpos celestes: Luna, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus, Saturno y Sol, pero, en español se sustituyeron los dos últimos por el sábado judío y el dies dominicus (domingo), que significa literalmente “día del Señor”.

A veces el término “día” se emplea como medida de distancia en expresiones como “el camino de un día” o “el camino de un sábado”. (Nú 11:31; Hch 1:12; véase PESOS Y MEDIDAS.) En términos proféticos, un día a veces puede representar un año, como en Ezequiel 4:6, donde dice: “Y tienes que acostarte sobre tu lado derecho en el segundo caso, y tienes que llevar el error de la casa de Judá cuarenta días. Un día por un año, un día por un año, es lo que te he dado”. (Véase también Nú 14:34.)

Hay ciertas cantidades específicas de días relacionadas con las profecías. Por ejemplo: 3 1/2 días (Rev 11:9), 10 días (Rev 2:10), 40 días (Eze 4:6), 390 días (Eze 4:5), 1.260 días (Rev 11:3; 12:6), 1.290 días (Da 12:11), 1.335 días (Da 12:12) y 2.300 días (Da 8:14).

El término “día(s)” también se usa con referencia al período de tiempo en el que vivió una persona en particular, como, por ejemplo, los “días de Noé” y los “días de Lot”. (Lu 17:26-30; Isa 1:1.)

Otros casos en los que la palabra “día” se usa en un sentido figurado son: el “día que Dios creó a Adán” (Gé 5:1), el “día de Jehová” (Sof 1:7), el “día de furor” (Sof 1:15), el “día de salvación” (2Co 6:2), el “día del juicio” (2Pe 3:7), el “gran día de Dios el Todopoderoso” (Rev 16:14) y otros.

Este uso figurado de la palabra “día” para designar diferentes períodos de tiempo se ve también en el relato de la creación de Génesis, donde se hace referencia a una semana de seis días creativos seguidos de un séptimo día de descanso. La semana que Dios prescribió a los judíos en el pacto de la Ley seguía el modelo de esa semana creativa. (Éx 20:8-11.) En el registro bíblico, cada uno de los seis días creativos finaliza con las palabras: “Y llegó a haber tarde y llegó a haber mañana”, el día primero, segundo, tercero, cuarto, quinto y sexto. (Gé 1:5, 8, 13, 19, 23, 31.) Sin embargo, en el caso del séptimo día no se emplea la misma coletilla, lo que parece indicar que este último período, durante el cual Dios descansa de su actividad creadora respecto a la Tierra, no había concluido. En Hebreos 4:1-10, el apóstol Pablo explicó que el día de descanso de Dios aún estaba en progreso, lo que significa que entonces habían transcurrido más de cuatro mil años desde su comienzo. De esta referencia se deduce que cada uno de los períodos creativos tuvo una duración de, al menos, miles de años. Como dice A Religious Encyclopædia, “los días de la creación fueron días creativos, etapas de un proceso, pero no días de veinticuatro horas cada uno” (edición de P. Schaff, 1894, vol. 1, pág. 613).

A la suma de las seis unidades o “días” creativos dedicados a la preparación del planeta Tierra también se le llama “día” en Génesis 2:4: “Esta es una historia de los cielos y la tierra en el tiempo en que fueron creados, en el día que Jehová Dios hizo tierra y cielo”.

Como el Creador no se halla dentro de los límites de nuestro sistema solar y no está condicionado a sus ciclos de traslación y rotación, su situación no puede compararse a la del hombre. El salmista dijo de Dios, quien es de tiempo indefinido a tiempo indefinido: “Porque mil años son a tus ojos solo como el día de ayer cuando ha pasado, y como una vigilia durante la noche”. (Sl 90:2, 4.) A tenor de estas palabras, el apóstol Pedro escribió que “un día es para con Jehová como mil años, y mil años como un día”. (2Pe 3:8.) Un período de mil años representa para el hombre unos 365.242 días de veinticuatro horas, pero para el Creador puede ser un único e indivisible período en el que Él comienza y lleva a buen término un determinado propósito. Es, en cierto modo, parecido a una jornada de trabajo que da comienzo por la mañana y termina hacia el final del día.

Jehová es quien ha dado origen a nuestro universo, un universo en el que, por lo que se ha podido demostrar, el tiempo, el espacio, el movimiento, la materia y la energía se hallan inevitablemente interrelacionados. Controla todos estos elementos de tal modo que satisfagan su propósito, y al tratar a sus criaturas terrestres, se fija límites definidos de tiempo para su actuación que llegan hasta el “día y hora”, y los cumple con rigurosa puntualidad. (Mt 24:36; Gál 4:4.)

¿Cuándo debía degollarse el cordero pascual? - (15-12-2013-Pg.18-§9-Recuadro)
“Pascua” - [¿Qué significa la expresión “entre las dos tardes”?]

¿Cuánto dura un “día” de Génesis?

Para muchos, la palabra “día” usada en el capítulo 1 de Génesis significa 24 horas. Sin embargo, en Génesis 1:5 se dice que Dios mismo divide el día en un período más corto, y sólo llama día a la porción que tiene luz. En Génesis 2:4 a todos los períodos de creación juntos se llama un “día”: “Ésta es una historia de los cielos y la tierra en el tiempo de ser creados, en el día [los seis períodos de creación] que hizo Jehová Dios tierra y cielo”.

La palabra hebrea yohm, traducida “día”, puede significar espacios de tiempo de diferente duración. Entre los significados posibles, el libro Old Testament Word Studies (Estudios sobre palabras del Antiguo Testamento), de William Wilson, incluye los siguientes: “Un día; frecuentemente se pone por tiempo en general, o por un tiempo largo; todo un período que se esté considerando [...] También se pone día para una sazón o tiempo particular en que sucede cualquier acontecimiento extraordinario”. Esta última oración parece aplicar bien a los “días” de la creación, porque ciertamente estos fueron períodos en que, según se describe, sucedieron acontecimientos extraordinarios. Esto también permite concebir períodos mucho más extensos que espacios de 24 horas.

El capítulo 1 de Génesis usa las expresiones “tarde” y “mañana” con relación a los períodos de creación. ¿No indica esto que estos períodos duraron 24 horas cada uno? No necesariamente. En algunos lugares la gente suele hacer referencia a la duración de la vida de un hombre como su “día”. Se habla del “día de mi padre” o de lo que pasó “en el día de Shakespeare”. Quizás hasta dividan ese “día” de la duración de la vida y digan: “en la alborada [o mañana] de su vida” o “en el ocaso [o tarde] de su vida”. Por eso, ‘la tarde y la mañana’, en el capítulo 1 de Génesis, no limita el significado a un período literal de 24 horas.

“Día”, como se usa en la Biblia, puede incluir verano e invierno, el paso de las estaciones (Zacarías 14:8). “El día de la siega” envuelve muchos días. (Compárese Proverbios 25:13 con Génesis 30:14.) Mil años son comparados con un día (Salmo 90:4; 2 Pedro 3:8, 10). El “Día de Juicio” abarca muchos años (Mateo 10:15; 11:22-24). Parecería razonable que los “días” de Génesis también pudieran haber abarcado extensos espacios de tiempo... milenios.

Puede llegarse a esa conclusión por lo que la Biblia dice sobre el séptimo “día”. El relato de cada uno de los primeros seis “días” termina con las palabras “y llegó a haber tarde y llegó a haber mañana”. Pero no concluye así el séptimo “día”. Es más, en el siglo primero de la era común, después de unos cuatro mil años de historia, la Biblia habla del séptimo “día” de descanso como todavía en curso (Hebreos 4:4-6). De modo que el séptimo “día” es un período que se extiende por miles de años, y lógicamente podemos concluir lo mismo acerca de los primeros seis “días”.

Curiosidades sobre el día Cada día puede no ser bueno, pero hay algo bueno en todos los días.
Un día de Venus son 243 días en la Tierra.

Adquiera la costumbre de ser puntual - (5-2014-Pg.2/25)
¿Cómo se dividían el día y la noche en tiempos bíblicos? - (1-5-2011-Pg.15)
¿Debe guardarse un día sagrado en la semana? - (9-2011-Pg.10)
El reloj más famoso del mundo - (10-2010-Pg.17)
“Mil años como un día” - (2 Pedro 2:8) - (Cómo ve el tiempo Jehová.)

Nacimiento del Sol, Puesta del Sol
(Heb.: ------; Gr.: ------.)
Sinónimos: ------, ------.
Definición / Significado: ------.

Momento en que el Sol despunta por el horizonte, y tiempo que tarda en desaparecer de la vista en la lejanía. El nacimiento y la puesta del Sol eran de importancia fundamental en la vida cotidiana de la gente en tiempos bíblicos. Para la mayoría de las personas la aurora era el momento en el que daba comienzo la actividad del día, mientras que al atardecer finalizaba. Por eso el salmista escribió: “El sol [...] se pone. Tú causas oscuridad, para que se haga de noche; en ella todos los animales salvajes del bosque se ponen en movimiento. Los leoncillos crinados están rugiendo por la presa y por buscar su alimento de Dios mismo. El sol empieza a brillar... se retiran, y se echan en sus propios escondites. Sale el hombre a su actividad y a su servicio hasta el atardecer. ¡Cuántas son tus obras, oh Jehová! Con sabiduría las has hecho todas. La tierra está llena de tus producciones”. (Sl 104:19-24.)

El alba marcaba el comienzo del período de luz natural, y en tiempos de Jesús señalaba el principio del cómputo de las “doce horas de luz del día”. (Mr 16:2; Jn 11:9.) Es evidente que muchos se levantaban antes del alba, como la mujer diligente de Proverbios 31:15. De igual manera, se dice que Jesús se levantaba antes del alba para orar. (Mr 1:35.) Cuando rayaba el día, las ciudades abrían sus grandes puertas, y los hombres partían hacia sus campos o viñas, las mujeres se ponían en fila para conseguir agua de los pozos, los mercados se llenaban de gente y los pescadores remaban hacia la orilla para vender la pesca de la noche, y después limpiar y remendar sus redes.

El trabajo y las actividades cotidianas continuaban hasta la puesta del Sol, momento en que los hombres regresaban de los campos y sus amos les pagaban el salario del día, las mujeres llevaban a casa el suministro de agua para la noche, la ciudad cerraba sus puertas y los vigías comenzaban la primera de las cuatro vigilias de la noche, mientras que por toda la ciudad las lámparas de aceite comenzaban a titilar en los hogares. (Jue 19:14-16; Mt 20:8-12; Dt 24:15; Gé 24:11; Ne 13:19; Mr 13:35.) No obstante, para muchos el trabajo continuaba hasta después de la cena, cuando hombres y mujeres industriosos tejían o se dedicaban a otras labores en el hogar. (Pr 31:18, 19; 2Te 3:8.) En algunas ocasiones Jesús y sus apóstoles continuaron su ministerio hasta entrada la noche. (Mt 14:23-25; Mr 1:32-34; 4:35-39; Lu 6:12; 2Co 6:4, 5.)

No obstante, mientras que la puesta del Sol marcaba el final del período de luz natural, para los judíos señalaba el comienzo de un nuevo día que oficialmente comenzaba con la puesta del Sol y que se contaba de atardecer a atardecer. (Le 23:32; compárese con Mr 1:21, 32, que muestra que el día, en este caso el sábado, finalizaba por la tarde.) Por consiguiente, el día 14 de Nisán, y con él el momento de sacrificar el cordero y comer la Pascua, comenzaba a partir de la puesta del Sol. (Éx 12:6-10; Dt 16:6; Mt 26:20; véase PASCUA.)

Puesto que el día terminaba al anochecer, la Ley requería que entonces se hiciesen algunas cosas. Por ejemplo, un vestido tomado en prenda tenía que devolverse a su propietario “al ponerse el sol”. (Éx 22:26; Dt 24:13.) En ese momento también tenía que pagarse a los trabajadores asalariados (Dt 24:15), había que bajar y enterrar el cuerpo muerto que colgara de un madero (Dt 21:22, 23; Jos 8:29; 10:26, 27) y la persona que estuviera ceremonialmente inmunda debía bañarse, y después de la puesta del Sol, se la consideraría limpia de nuevo (Le 22:6, 7; Dt 23:11). El hecho de que la puesta del Sol concluía un día y comenzaba otro enfatiza el significado de la exhortación del apóstol: “Que no se ponga el sol estando ustedes en estado provocado”. (Ef 4:26.)

En algunas ocasiones se utiliza la salida o el brillo del Sol en sentido figurado. En 2 Samuel 23:3, 4 se señala que el gobierno de alguien justo que teme a Dios resulta tan refrescante como “la luz de la mañana, cuando brilla el sol, una mañana sin nubes”. (Compárese con Mal 4:2; Mt 17:2; Rev 1:16.) Se hace la siguiente petición a Jehová en favor de sus siervos: “Sean los que te aman como cuando el sol sale en su poderío”. (Jue 5:31; Mt 13:43; Sl 110:3; Da 12:3; contrástese con Miq 3:5, 6; Jn 3:19, 20.)

Además, las expresiones “nacimiento del sol” y “puesta del sol” también se utilizan en un sentido geográfico con el significado de E. y O. (Éx 27:13; Jos 1:4; Sl 107:3; Rev 16:12.) Este es el sentido del Salmo 113:3, que dice: “Desde el nacimiento del sol hasta su puesta ha de ser alabado el nombre de Jehová”. (Véanse también Mal 1:11; Isa 45:6.) No obstante, “desde el nacimiento del sol hasta su puesta” también puede referirse a todo el día.

Curiosidades sobre los puntos cardinales La denominación actual asignada a los nombres de los puntos cardinales (esencial o principal) tiene un origen germánico y mitológicamente escandinavo … Nordri = Norte, Sudri = Sur, Austri = Este y Vestri = Oeste … incorporandose así a las numerosas lenguas derivadas del latín ... Antes de que esto ocurriera los nombres de los puntos cardinales también erán y son conocidos como:
· Septentrión o Boreal para el Norte.
· Meridión o Austral para el Sur.
· Oriente, Levante y Sol Naciente para el Este.
· Occidente o Poniente (Ocaso) para el Oeste.

“División de la noche”
(Heb.: ------; Gr.: ------.)
Sinónimos: ------, ------.
Definición / Significado: ------.

Período de oscuridad transcurrido desde la puesta del Sol hasta el amanecer, designado por Jehová Dios como “Noche”. (Gé 1:5, 14.) Entre la puesta del Sol y la oscuridad de la noche hay un corto período crepuscular, después del cual empiezan a verse las estrellas. Los hebreos llamaron a ese tiempo né·schef, y parece que es al que se refiere la expresión “entre las dos tardes”, registrada en Éxodo 12:6. (Pr 7:9.) De manera similar, el crepúsculo matutino aparece al final de la oscuridad de la noche hasta la aurora; a este fenómeno se le denomina con la misma palabra hebrea. Por lo tanto, el escritor dice en el Salmo 119:147: “Me he levantado temprano en el crepúsculo matutino”.

División hebrea.

Los hebreos dividían la noche en vigilias. “Cuando me he acordado de ti sobre mi canapé, durante las vigilias de la noche medito en ti.” (Sl 63:6.) Puesto que en Jueces 7:19 se habla de una “vigilia intermedia de la noche”, parece evidente que en tiempos antiguos había tres vigilias. Al parecer, cada una de ellas abarcaba una tercera parte del tiempo entre la puesta del Sol y el amanecer, es decir, unas cuatro horas, dependiendo de la época del año. Por lo tanto, la primera vigilia iba desde las 18.00 hasta las 22.00 h. La “vigilia intermedia de la noche” empezaba aproximadamente a las 22.00 h. y duraba hasta las 2.00 de la madrugada, más o menos. Este fue un tiempo estratégico para que Gedeón efectuase el ataque por sorpresa sobre el campamento madianita. A la tercera vigilia se le llamó la “vigilia matutina”, e iba aproximadamente desde las 2.00 de la madrugada hasta la salida del Sol. Durante esta vigilia matutina Jehová hizo que los ejércitos egipcios que perseguían a Israel experimentasen graves dificultades cuando querían cruzar el mar Rojo. (Éx 14:24-28; véase también 1Sa 11:11.)

División romana.

Los judíos, al menos para el tiempo de la dominación romana, habían adoptado la práctica, tanto griega como romana, de tener cuatro vigilias nocturnas. Jesús debió referirse a esas cuatro divisiones cuando dijo: “Por lo tanto, manténganse alerta, porque no saben cuándo viene el amo de la casa, si tarde en el día o a medianoche o al canto del gallo o muy de mañana”. (Mr 13:35.) La vigilia “tarde en el día” iba desde la puesta del Sol hasta la hora tercera, más o menos las 21.00 h. La segunda vigilia, llamada la “medianoche”, empezaba a las 21.00 h. y finalizaba a medianoche. (Lu 12:38.) El “canto del gallo” abarcaba desde la medianoche hasta aproximadamente las 3.00 de la madrugada; debió ser durante este tiempo cuando ocurrieron los cantos del gallo mencionados en Marcos 14:30. Finalmente, la cuarta vigilia iba desde las 3.00 de la madrugada hasta el amanecer, período al que también se llamaba “muy de mañana” según dividían la noche los griegos y los romanos. (Mt 14:25; Mr 6:48.) De los turnos de guardia de la noche era la más difícil, pues al soldado le costaba mucho trabajo mantenerse despierto. De hecho, los estrategas militares consideran que ese es el momento ideal para atacar, pues ofrece mayores posibilidades de sorprender al enemigo durmiendo.

Los judíos tenían tres divisiones, o vigilias, según Éx 14:24 y Jue 7:19, pero posteriormente adoptaron el sistema romano de cuatro vigilias nocturnas. Véanse Mr 13:35.

En una ocasión se hace mención de una hora específica de las doce que componen la noche: Hechos 23:23 dice que fue a la “hora tercera”, aproximadamente las 21.00 h., cuando el comandante militar ordenó a las tropas que llevasen a Pablo desde Jerusalén hasta Cesarea.

Mientras que para los judíos el nuevo día empezaba con la puesta del Sol, para los romanos la medianoche era el punto fijado para la finalización y comienzo del día. De este modo se evitaba el problema resultante de alargar y acortar las horas de luz diurna debido a las estaciones (como ocurría cuando empezaba el día con la puesta del Sol), y permitía una división del día en dos períodos iguales de doce horas en cualquier época del año. Esta es la práctica extendida en la mayoría de las naciones hoy en día.

Uso figurado.

A veces se usa la palabra “noche” en la Biblia con un sentido figurado o simbólico. En Juan 9:4 Jesús habló de la “noche [...] cuando nadie puede trabajar”. Jesús aquí se refirió al tiempo de su juicio, de ser fijado en un madero y de su muerte, cuando no podría participar en las obras de su Padre. (Véanse Ec 9:10; Job 10:21, 22.)

En Romanos 13:11, 12, la “noche” se refiere manifiestamente a un período de oscuridad causado por el adversario de Dios, período que tiene que finalizar por medio de Cristo Jesús y su reinado. (Véanse Ef 6:12, 13; Col 1:13, 14.) En 1 Tesalonicenses 5:1-11 se contrasta a los siervos de Dios, que han sido iluminados con su verdad, con las personas mundanas, que no lo han sido. Su forma de vivir manifiesta que son ‘hijos de la luz e hijos del día; no pertenecen ni a la noche ni a la oscuridad’. (Véanse Jn 8:12; 12:36, 46; 1Pe 2:9; 2Co 6:14.) Se halla un uso similar en Miqueas 3:6, donde el profeta dice a aquellos que rechazan la verdadera guía divina: “Por lo tanto ustedes tendrán noche, de modo que no habrá visión; y oscuridad tendrán, de modo que no practiquen la adivinación. Y el sol ciertamente se pondrá sobre los profetas, y el día tendrá que oscurecerse sobre ellos”. (Compárese con Jn 3:19-21.)

También se usa la noche para representar un tiempo de adversidad, puesto que debido a su penumbra y oscuridad, es el tiempo en el que las bestias salvajes vagan, los ejércitos lanzan ataques por sorpresa, los ladrones entran sigilosamente y se cometen otros actos de maldad. (Sl 91:5, 6; 104:20, 21; Isa 21:4, 8, 9; Da 5:25-31; Abd 5.) Es en estos sentidos figurados como tenemos que entender los textos de Revelación 21:2, 25 y 22:5, donde se nos asegura que en la “Nueva Jerusalén” “ya no habrá noche”.

Curiosidades sobre la noche En proyecto - .

¿Cómo medían el tiempo por la noche los judíos del siglo primero - (1-8-2011-Pg.23)
¿Cómo se dividían el día y la noche en tiempos bíblicos? - (1-5-2011-Pg.15)
“Familia” - [Noche de adoración en familia.]

“Hora”
(Heb.: ------; Gr.: ------.)
Sinónimos: ------, ------.
Definición / Significado: ------.

La palabra griega hó·ra se usa en las Escrituras Griegas Cristianas para indicar un período de tiempo corto, un tiempo fijo, definido, o una división del día. En las Escrituras Hebreas no aparece ningún término para hora. Los antiguos israelitas tal vez hayan dividido el día en cuatro partes. (Ne 9:3.) En vez de hablar de horas, las Escrituras Hebreas usan las expresiones “mañana”, “mediodía” y “atardecer” como indicadores de tiempo. (Gé 24:11; 43:16; Dt 28:29; 1Re 18:26.) Otras designaciones más precisas eran: “en cuanto brille el sol” (Jue 9:33), “la parte airosa del día” (Gé 3:8), “al calor del día” (Gé 18:1; 1Sa 11:11) y “al tiempo de ponerse el sol” (Jos 10:27; Le 22:7). El sacrificio pascual tenía que degollarse “entre las dos tardes”, expresión con la que al parecer se indica el tiempo posterior a la puesta del Sol y anterior al comienzo de la noche. (Éx 12:6.) Este es el punto de vista de algunos doctos, así como de los judíos caraítas y los samaritanos, aunque los fariseos y los rabinistas opinaban que era el tiempo que transcurría desde que empezaba a descender el Sol hasta que se ponía.

Dios mandó que las ofrendas quemadas se hicieran sobre el altar “por la mañana” y “entre las dos tardes”. Junto con estas, también se presentaba una ofrenda de grano. (Éx 29:38-42.) De modo que expresiones como “ascender la ofrenda de grano” (el contexto indicaba si era por la mañana o por la tarde; 1Re 18:29, 36) y el “tiempo de la ofrenda de la dádiva de la tarde” (Da 9:21) obtuvieron con el tiempo una connotación cronológica.

La noche se dividía en tres períodos llamados “vigilias”. En este sentido se hace mención de: las “vigilias de la noche” (Sl 63:6), la “vigilia intermedia de la noche” (Jue 7:19) y la “vigilia matutina” (Éx 14:24; 1Sa 11:11).

El día de veinticuatro horas.

Se le ha atribuido a Egipto la división del día en veinticuatro horas: doce para el día y doce para la noche. Estas horas no durarían siempre lo mismo, debido al cambio de las estaciones, haciendo que en verano las horas del día fuesen más largas y las de la noche, más cortas (excepto en el ecuador). Nuestra división actual del día en veinticuatro horas de sesenta minutos es el resultado de la combinación del cálculo egipcio y las matemáticas babilonias: un sistema sexagesimal (basado en el número 60). El cómputo del día desde medianoche hasta medianoche —eliminando, por lo tanto, la variación en la duración de las horas según las estaciones— fue un método posterior, quizás romano.

En el siglo I.

En el siglo I E.C. los judíos dividían el período diurno en doce horas, empezando al amanecer. Jesús dijo: “Hay doce horas de luz del día, ¿no es verdad?”. (Jn 11:9.) Esto hacía que la duración de las horas variase de un día a otro, según las estaciones. Solo durante el tiempo de los equinoccios duraban lo mismo que hoy día. Esta ligera variación, que no sería tan grande en Palestina, no supondría ninguna inconveniencia importante. El comienzo del día correspondería más o menos con las seis de la mañana de nuestro horario. En la ilustración de los obreros de la viña, Jesús hizo mención de la hora tercera, la sexta, la nona, la undécima y el “anochecer” (que sería la duodécima). Estas horas corresponderían con nuestras ocho a nueve y once a doce de la mañana, y dos a tres, cuatro a cinco y cinco a seis de la tarde, respectivamente. (Mt 20:3, 5, 6, 8, 12; Hch 3:1; 10:9.) La medianoche y el “canto del gallo” son designaciones de tiempo que también se usan en las Escrituras Griegas Cristianas. (Mr 13:35; Lu 11:5; Hch 20:7; 27:27; véase CANTO DEL GALLO.) Parece ser que bajo la dominación romana los judíos adoptaron la división romana de la noche en cuatro vigilias, en lugar de tres. (Lu 12:38; Mt 14:25; Mr 6:48.)

Una aparente discrepancia.

Algunas personas han señalado la existencia de una aparente discrepancia entre Marcos 15:25, que dice que se colgó en un madero a Jesús para “la hora tercera”, y Juan 19:14, que indica que era “como la hora sexta” cuando terminó el juicio final de Jesús ante Pilato. Juan tenía acceso al relato de Marcos y sin duda pudo haber repetido la misma hora que este había registrado. Por consiguiente, debe haber tenido una razón para dar una hora diferente a la que dio Marcos.

¿Por qué esta aparente discrepancia? Se han dado varias explicaciones, pero ninguna es del todo satisfactoria. Sencillamente, no tenemos suficiente información para saber con seguridad la razón de la diferencia entre los dos relatos. Tal vez las referencias a la hora hechas tanto por Marcos como por Juan fueran parentéticas, no cronológicas. En cualquier caso, una cosa es cierta: ambos escribieron inspirados por espíritu santo.

Los evangelios sinópticos indican con claridad que para la hora sexta, o mediodía, Jesús llevaba suficiente tiempo colgado en el madero como para que los soldados hubieran echado suertes sobre sus prendas de vestir y los principales sacerdotes, los escribas, los soldados y otros transeúntes le injuriaran. También muestran que Jesús murió para las tres de la tarde. (Mt 27:38-45; Mr 15:24-33; Lu 23:32-44.) Lo verdaderamente importante que debe recordarse es que Jesús murió por nuestros pecados el día 14 de Nisán del año 33 E.C. (Mt 27:46-50; Mr 15:34-37; Lu 23:44-46.)

“Hacia la parte airosa del día”.

[literalmente, el espíritu o viento]” cuando Jehová pronunció juicio contra los desobedientes Adán y Eva en Edén. Esto bien pudo haber sido durante el espacio de tiempo que precede a la puesta del Sol, cuando surgen refrescantes brisas y traían alivio del calor del día en la región donde se cree que estuvo ubicado el Jardín de Edén. El sitio tradicional está en Turquía oriental, a unos 225 kilómetros al sudoeste del monte Ararat y a unos kilómetros al sur del lago Van. Por lo general el ocaso del día es tiempo de desocuparse y descansar. Sin embargo, Jehová no dejó que una cuestión judicial grave quedara para el día siguiente cuando todavía había tiempo para encargarse de ella. (w77 751; w91 1/8 21)

Otros usos.

En las Escrituras Griegas Cristianas la palabra hó·ra se utiliza con frecuencia para dar a entender “inmediatamente” o en un espacio de tiempo muy corto. Por ejemplo: una mujer que tocó el fleco de la prenda exterior de vestir de Jesús sanó “desde aquella hora”. (Mt 9:22.) El término “hora” también podía referirse a un momento especial o trascendental de duración indeterminada, o al comienzo de un período de tiempo. Jesús dijo: “Respecto a aquel día y hora nadie sabe” (Mt 24:36), “viene la hora en que todo el que los mate se imaginará que ha rendido servicio sagrado a Dios” (Jn 16:2) y “viene la hora en que ya no les hablaré en comparaciones”. (Jn 16:25.)

Por otra parte, la palabra “hora” podía designar cualquier tiempo del día, como cuando los discípulos le dijeron a Jesús en cuanto a la multitud de personas que le habían seguido a un lugar solitario: “El lugar es solitario y la hora es ya muy avanzada; despide a las muchedumbres”. (Mt 14:15; Mr 6:35.)

Uso figurado o simbólico.

Cuando el término “hora” se usa de manera simbólica o figurada, significa un período de tiempo relativamente corto. Jesús dijo a la muchedumbre que fue contra él: “Esta es su hora y la autoridad de la oscuridad”. (Lu 22:53.) Se dice que los diez cuernos de la bestia salvaje de color escarlata representan diez reyes que reciben autoridad como tales con la bestia salvaje durante “una hora”. (Rev 17:12.) Se exclama sobre Babilonia la Grande: “¡[...] En una sola hora ha llegado tu juicio!”. (Rev 18:10.) Además, en armonía con las palabras de Jesús referentes al trigo y la mala hierba (Mt 13:25, 38), las advertencias de Pablo en cuanto a la apostasía venidera (Hch 20:29 y 2Te 2:3, 7) y la declaración de Pedro en 2 Pedro 2:1-3, el apóstol Juan —el que sobrevivió a los demás apóstoles— muy bien pudo decir: “Niñitos, es la última hora, y, así como han oído que el anticristo viene, aun ahora ha llegado a haber muchos anticristos; del cual hecho adquirimos el conocimiento de que es la última hora”. Era un tiempo muy breve, de hecho, la “última hora”, la parte final del período apostólico, después del cual la apostasía brotaría en toda su plenitud. (1Jn 2:18.)

Según Revelación 8:1-4, el apóstol Juan vio durante un silencio celestial “como por media hora” a un ángel que ofrecía incienso junto con las oraciones de todos los santos. Esta visión recuerda lo que se hacía en el templo de Jerusalén “a la hora en que se ofrecía el incienso”. (Lu 1:10.) Alfred Edersheim, en El Templo: Su ministerio y servicios en tiempo de Cristo (traducción de Santiago Escuain, CLIE, 1990, pág. 184), presenta el relato judío tradicional de esta “hora”: “Lentamente, el sacerdote del incienso y sus ayudantes ascendían los peldaños hasta el lugar santo [...]. A continuación, uno de los asistentes extendía reverentemente los carbones sobre el altar de oro; el otro preparaba el incienso; y entonces el principal sacerdote oficiante se quedaba a solas en el lugar santo, esperando la señal del presidente antes de quemar el incienso [...]. Al dar el presidente la orden, que señalaba que ‘había llegado el momento del incienso’, ‘toda la multitud del pueblo [que estaba] fuera’ se retiraba del atrio interior, y se postraba delante del Señor, extendiendo sus manos en silenciosa oración. [...] [Era] este momento de [...] gran solemnidad, cuando por todos los inmensos edificios del Templo caía un profundo silencio sobre la multitud adorante, mientras que dentro del santuario mismo el sacerdote ponía el incienso sobre el altar de oro, y la nube de ‘perfumes’ se levantaba delante del Señor”.

Curiosidades sobre la Hora El que piensa en las horas no llega a la gente, el que piensa en la gente le sobran las horas.

Adquiera la costumbre de ser puntual - (5-2014-Pg.2)
El reloj más famoso del mundo - (10-2010-Pg.17)
¿Es posible determinar con exactitud la hora en que Jesucristo fue fijado en el madero? - (15-11-2011-Pg.21)
Horarios para el precursorado regular - (7-2016-Pg.8/58)
La puntualidad y usted - (15-6-1990-Pg.26)
La hora de comer: más que sencillamente comer a una hora - (1-1-2005-Pg.32)
La puntualidad... una muestra de consideración - (4-1984-Pg.1)
¿Llega usted siempre tarde? - (19890608-Pg.21)
¿Por qué debemos ser puntuales? - (15-8-2010-Pg.25)
¡Sea puntual! - (20040408-Pg.23)

“Cronología”
(Heb.: ------; Gr.: kjro·no·lo·guí·a "de kjró·nos, tiempo, y lé·gö, decir o contar".)
Sinónimos: ------, ------.
Definición / Significado: Cómputo de tiempo.

La palabra española “cronología” es una transcripción del griego kjro·no·lo·guí·a (de kjró·nos, tiempo, y lé·gö, decir o contar), que significa “cómputo de tiempo”. La cronología permite relacionar los acontecimientos, colocarlos en su orden sucesivo y fecharlos.

Jehová es el “Anciano de Días” y el Dios de la eternidad. (Da 7:9; Sl 90:2; 93:2.) La magnífica precisión que se observa en los movimientos de los cuerpos estelares y también el registro que Dios ha hecho de sus actos demuestran que es un preciso medidor del tiempo. En cumplimiento de sus promesas o profecías, ha hecho que los acontecimientos ocurran al tiempo exacto predicho, sea que el tiempo transcurrido haya sido un día (Éx 9:5, 6), un año (Gé 17:21; 18:14; 21:1, 2; 2Re 4:16, 17), décadas (Nú 14:34; 2Cr 36:20-23; Da 9:2), siglos (Gé 12:4, 7; 15:13-16; Éx 12:40, 41; Gál 3:17) o milenios. (Lu 21:24; véase TIEMPOS SEÑALADOS DE LAS NACIONES.) Se nos garantiza que su propósito para el futuro se efectuará invariablemente al tiempo predeterminado, en el mismísimo día y hora designados. (Hab 2:3; Mt 24:36.)

Dios se propuso que el hombre, hecho a su imagen y semejanza (Gé 1:26), midiera el paso del tiempo. Desde un principio la Biblia especifica que las “lumbreras en la expansión de los cielos” servirían para hacer ‘una división entre el día y la noche, y de señales para estaciones, días y años’. (Gé 1:14, 15; Sl 104:19.) (Si se desea considerar cómo se emplearon estas divisiones desde el comienzo de la historia humana, véanse los artículos AÑO; CALENDARIO; DÍA; LUNA; SEMANA.) Desde los días de Adán, el hombre ha continuado computando y registrando el tiempo hasta el momento presente. (Gé 5:1, 3-5.)

Eras.

Para que la cronología sea exacta, es necesario fijar un punto en la corriente del tiempo desde el cual contar hacia adelante o hacia atrás en unidades de tiempo (horas, días, meses, años). Ese punto de partida podría ser, sencillamente, la salida del Sol (para medir las horas del día), una luna nueva (para calcular los días de un mes) o el comienzo de la primavera (para calcular la duración de un año). A fin de computar períodos más extensos, el hombre ha fijado determinadas “eras”, valiéndose de un acontecimiento sobresaliente como punto de partida desde el que contar los años. De ese modo, cuando una persona de una de las naciones de la cristiandad dice que “hoy es el 1 de octubre de 1990 E.C. (era común)”, lo que quiere decir es que “hoy es el primer día del décimo mes del año mil novecientos noventa contando desde la supuesta fecha del nacimiento de Jesús”.

El uso del concepto ‘era’ en la historia es más bien de origen tardío. La era griega, supuestamente el caso más antiguo de este tipo de cómputo cronológico, parece ser que no entró en vigor sino hasta el siglo IV a. E.C. (antes de la era común). Los griegos contaban el tiempo por cuatrienios llamados olimpiadas, empezando con la primera, que se calcula que dio comienzo en 776 a. E.C. Asimismo, solían contar los años con relación al mandato de algún gobernante en particular. Con el tiempo, los romanos fijaron una edad o era computando los años a partir de la fecha tradicional de la fundación de la ciudad de Roma (753 a. E.C.). También designaron años específicos mencionando los nombres de dos cónsules que estuvieran en el ejercicio de su cargo durante ese año. No fue sino hasta el siglo VI E.C. cuando un monje llamado Dionisio el Exiguo computó la era conocida hoy popularmente como era cristiana o, más exactamente, era común. Entre los pueblos islámicos los años se fechan a partir de la Hégira (huida de Mahoma desde La Meca en 622 E.C.). Sin embargo, no hay indicios de que los antiguos egipcios, asirios y babilonios usaran sistemas de eras o edades durante largos períodos de tiempo.

En el registro bíblico no se establece expresamente ninguna era en la que datar todos los acontecimientos. Esto en sí no significa que no haya un marco cronológico en el que puedan ubicarse de manera precisa y exacta en la corriente del tiempo los acontecimientos pasados. El que los escritores bíblicos pudieran citar cifras exactas al referirse a determinados acontecimientos que abarcaban períodos de varios siglos demuestra que el pueblo de Israel y sus antepasados se interesaban en la cronología. Por esa razón Moisés pudo escribir: “Y aconteció al cabo de los cuatrocientos treinta años [contando a partir del momento en que Abrahán cruzó el Éufrates camino de la tierra de Canaán, tiempo en el que Dios debió dar validez a su pacto con él], sí, aconteció en este mismo día, que todos los ejércitos de Jehová salieron de la tierra de Egipto”. (Éx 12:41; véase ÉXODO; compárese con Gál 3:16, 17.) También, en 1 Reyes 6:1 el registro bíblico dice que fue “en el año cuatrocientos ochenta después que los hijos de Israel hubieron salido de la tierra de Egipto” cuando el rey Salomón comenzó la construcción del templo de Jerusalén. Sin embargo, ni el momento en que se dio validez al pacto abrahámico ni el éxodo se convirtieron en el inicio de una era.

Por lo tanto, no debe esperarse que la cronología bíblica se acomode a los sistemas modernos, en los que los acontecimientos se fechan matemáticamente en relación con un punto fijo del pasado, tal como el principio de la era común. Los hechos solían fijarse en la corriente del tiempo de modo parecido a como la gente lo hace por instinto en la vida cotidiana. Igual que hoy se pudiera señalar un suceso diciendo que tuvo lugar “el año después de la sequía” o “cinco años después de la II Guerra Mundial”, así los escritores bíblicos relacionaron los sucesos que registraron con otros que eran de relativa actualidad y que sirvieron de punto de referencia.

Puesto que no siempre se sabe con certeza cuál es el punto de partida o de referencia que el escritor bíblico empleó, no se puede llegar a conclusiones definitivas sobre algunos aspectos cronológicos. Además, el escritor pudo usar más de un punto de partida para fechar acontecimientos al considerar cierto período histórico. Esta variación en el punto de partida no implica imprecisión o confusión por su parte, ya que no podemos evaluar debidamente sus métodos solo sobre la base de nuestra propia opinión, condicionada por los procedimientos modernos. Si bien es posible que algunos de los puntos de más difícil solución pudieran deberse a errores de los copistas, no sería prudente llegar a esta conclusión, a menos que se encontrasen variaciones en el texto de las antiguas copias manuscritas de las Escrituras. La documentación disponible pone de relieve la extraordinaria exactitud y cuidado que distinguió la labor de los copistas de la Biblia, lo que ha mantenido su integridad interna. (Véanse ESCRIBA, ESCRIBANO; MANUSCRITOS DE LA BIBLIA.)

Cronología bíblica e historia seglar.

Muchos han considerado necesario “armonizar” o “conciliar” el relato bíblico con la cronología hallada en documentos seglares antiguos. Siendo que la verdad es aquello que se ajusta a hechos y realidades, esa armonía sería fundamental, pero solo si pudiera demostrarse que los documentos seglares antiguos son inequívocamente exactos y consecuentes, una norma precisa por la cual juzgar. Ya que los críticos suelen dar menos crédito a la cronología bíblica que a la de las naciones paganas, conviene examinar algunos de los documentos antiguos de naciones y pueblos que de algún modo estuvieron relacionados con la gente y los acontecimientos registrados en la Biblia.

Entre los escritos antiguos, la Biblia se destaca como el libro histórico por excelencia. Los demás registros históricos, como los de los antiguos egipcios, asirios, babilonios, medos, persas y otros pueblos, son, en su mayor parte, incompletos, y sus albores son oscuros o míticos a todas luces. En este sentido, el documento antiguo conocido como La Lista Sumeria de Reyes comienza diciendo: “Cuando la monarquía fue bajada del cielo, la monarquía estuvo (primero) en Eridu. (En) Eridu, Alulim (llegó a ser) rey y rigió por 28.800 años. Alalgar rigió por 36.000 años. Dos reyes (así) la rigieron por 64.800 años [...]. (En) Badtibira, En-men-lu-Anna rigió por 43.200 años; En-men-gal-Anna rigió por 28.800 años; el dios Dumu-zi, pastor, rigió por 36.000 años. Tres reyes (así) la rigieron por 108.000 años”. (Ancient Near Eastern Texts, edición de J. B. Pritchard, 1974, pág. 265.)

La información extrabíblica sobre estas naciones antiguas se ha conseguido ensamblando laboriosamente datos hallados en monumentos y tablillas o en los escritos posteriores de los llamados historiógrafos clásicos del período griego y romano. Aunque los arqueólogos han recuperado decenas de miles de tablillas de arcilla con inscripciones cuneiformes asirobabilonias, así como un gran número de rollos de papiro de Egipto, en su gran mayoría se trata de textos religiosos o documentos comerciales que contienen contratos, facturas de ventas, títulos de propiedad y asuntos similares. Los escritos históricos de las naciones paganas que se han conservado en forma de tablillas, cilindros, estelas o inscripciones, además de ser comparativamente pocos, consisten en su mayor parte en relatos que glorifican a sus emperadores y narran sus campañas militares en términos grandilocuentes.

Por otra parte, el contenido histórico de la Biblia, que abarca unos cuatro mil años, es detallado y de una coherencia extraordinaria. No solo registra acontecimientos con una sorprendente continuidad desde el comienzo del hombre hasta el tiempo de la gobernación de Nehemías, en el siglo V a. E.C., sino que, además, puede considerarse que mediante el capítulo 11 de la profecía de Daniel —historia escrita por anticipado—, abarca el período comprendido entre Nehemías y el tiempo de Jesús y sus apóstoles. La Biblia presenta un relato gráfico y objetivo acerca de la nación de Israel desde su nacimiento en adelante, hablando con honradez de su fortaleza y debilidad, sus éxitos y fracasos, su adoración fiel y su caída en adoración falsa, sus bendiciones y su juicio adverso con sus calamidades. Aunque esta honradez por sí sola no es garantía de exactitud cronológica, sí ofrece base sólida para confiar en la integridad e interés sincero de los escritores de la Biblia por producir un registro verídico.

Es un hecho manifiesto que los cronistas bíblicos dispusieron de registros pormenorizados, como en el caso de los escritores del primer y segundo libro de los Reyes y de los dos libros de las Crónicas. Lo demuestran las extensas genealogías compuestas de centenares de nombres que pudieron compilar, así como la presentación objetiva y bien enlazada de los reinados de cada uno de los reyes de Judá e Israel, y la relación de estos reinados entre sí y con los de otras naciones. Los historiadores modernos aún tienen dudas en cuanto a la sucesión de ciertos reyes asirios y babilonios, incluso hasta de algunos que pertenecen a las últimas dinastías. No obstante, no existe tal incertidumbre con respecto a los reyes de Judá e Israel.

La Biblia contiene varias referencias a libros, como el “libro de las Guerras de Jehová” (Nú 21:14, 15), el “libro de los asuntos de los días de los reyes de Israel” (1Re 14:19; 2Re 15:31), el “libro de los asuntos de los días de los reyes de Judá” (1Re 15:23; 2Re 24:5), el “libro de los asuntos de Salomón” (1Re 11:41), así como numerosas referencias a otras crónicas o registros oficiales que citaron Esdras y Nehemías. Este hecho muestra que la información presentada no estaba basada en la memoria ni en la tradición oral, sino que fue fruto de una cuidadosa investigación y completa documentación. Los historiadores bíblicos también citan de documentos de estado de otras naciones, dado que algunas porciones de la Biblia se escribieron fuera de Palestina, como, por ejemplo, en Egipto, Babilonia y Persia. (Véanse ESDRAS, LIBRO DE; ESTER, LIBRO DE; LIBRO.)

Un factor que sin duda contribuyó a que se mantuviera un registro exacto del transcurso de los años —al menos mientras los israelitas guardaron fielmente la ley mosaica— fue la observancia de años sabáticos y de Jubileo, por los que podían dividir el tiempo en períodos de siete y cincuenta años. (Le 25:2-5, 8-16, 25-31.)

Lo que en particular distingue a todo el registro bíblico de los escritos contemporáneos procedentes de las naciones paganas es el sentido del tiempo, no solo del pasado y del presente, sino también del futuro. (Da 2:28; 7:22; 8:18, 19; Mr 1:15; Rev 22:10.) El elemento profético, como rasgo singular, hizo de la exactitud cronológica una cuestión de mucha más importancia para los israelitas que para otras naciones paganas, debido a que las profecías a menudo implicaban períodos de tiempo específicos. Por ser el libro de Dios, la Biblia resalta Su puntualidad en llevar a cabo Su palabra (Eze 12:27, 28; Gál 4:4) y muestra que la exactitud de Sus profecías prueba Su divinidad. (Isa 41:21-26; 48:3-7.)

Es cierto que hay algunos documentos extrabíblicos que son centenares de años anteriores a las copias manuscritas más antiguas de la Biblia que se han descubierto hasta la fecha. Al estar grabados en piedra o inscritos en arcilla, estos antiguos documentos paganos pueden parecer muy impresionantes; sin embargo, esto en sí no es garantía de su exactitud ni de que estén libres de error. Más que los materiales empleados, en cronología, como en otros campos, los factores importantes para poder confiar en su exactitud son: el escritor, su propósito, su respeto a la verdad y su devoción a los principios rectos. La gran antigüedad de esos documentos se ve desmerecida por ser su contenido de una calidad muy inferior a la de la Biblia. Los manuscritos originales de la Biblia no han sobrevivido hasta la actualidad debido a que eran de materiales perecederos, como el papiro y la vitela, por causa del continuo uso que se les dio y como consecuencia del deterioro que sufrieron por el clima de Palestina (muy diferente del seco clima de Egipto). Sin embargo, como la Biblia es el libro inspirado de Jehová, ha sido copiado cuidadosamente y conservado en su totalidad hasta nuestro día. (1Pe 1:24, 25.) La inspiración divina, por medio de la cual los historiadores bíblicos pudieron registrar sus escritos, garantiza la confiabilidad de la cronología bíblica. (2Pe 1:19-21.)

El comentario del escritor de temas arqueológicos C. W. Ceram acerca de la ciencia de las fechas históricas muestra bien por qué no se debe supeditar la cronología bíblica a la seglar. Escribió: “El joven que por primera vez se sumerge y entusiasma en el estudio de la historia antigua, se siente sobrecogido ante la seguridad con que los historiadores modernos sitúan los acontecimientos que se desarrollaron en el mundo hace miles de años. El respeto se transforma pronto en asombro a medida que se profundiza más en el estudio, cuando uno se familiariza con las fuentes históricas y ve cuán endebles, confusas o erróneas ya eran éstas en la época en que quedaron fijadas para la historia. Y eso no es todo, sino que también esos comprobantes históricos solamente han llegado hasta nosotros en forma muy fragmentaria, medio borrados por el tiempo o aun destruidos por la mano del hombre”. Luego, Ceram llama a la historia cronológica “estructura puramente hipotética” y la compara a un ‘esqueleto cronológico con bien poca cosa alrededor’. (El misterio de los hititas, Destino, 1981, págs. 128, 129.)

Esta estimación pudiera parecer extremada, pero en lo que respecta a los registros seglares, no carece de fundamento. La información que sigue muestra con claridad por qué no hay razón para dudar de la exactitud de la cronología bíblica tan solo porque ciertos registros seglares difieran de ella. Por el contrario, la cronología seglar merece una medida de confianza solo cuando está de acuerdo con el registro bíblico. Cuando se examinan los registros de las naciones paganas que se relacionaron con Israel, debería recordarse que algunas de las aparentes discrepancias de sus registros pueden deberse solo a la incapacidad de los historiadores modernos para interpretar correctamente los métodos usados en la antigüedad, tanto por los historiadores extrabíblicos como por los bíblicos. Hay que decir, no obstante, que existen muchas pruebas de descuido, inexactitud e incluso falsificación deliberada por parte de los historiadores y cronólogos paganos.

Cronología egipcia.

La historia egipcia se entrecruza en ciertos momentos con la israelita. En esta publicación se da la fecha de 1728 a. E.C. para la entrada de Israel en Egipto, y 1513 a. E.C., doscientos quince años más tarde, para el éxodo. El faraón Sisaq atacó Jerusalén durante el quinto año de Rehoboam, en 993 a. E.C.; el rey So de Egipto fue contemporáneo del rey Oseas (c. 758-740 a. E.C.), y la batalla contra el faraón Nekó, en la que murió Josías, probablemente se produjo en 629 a. E.C. (1Re 14:25; 2Re 17:4; 2Cr 35:20-24.) Las diferencias entre las fechas supracitadas y las que suelen dar los historiadores modernos alcanzan el siglo o más en el caso del éxodo y se reducen a unos veinte años para el tiempo del faraón Nekó. La siguiente información muestra por qué preferimos la cronología basada en la cuenta bíblica.

Los historiadores modernos se basan principalmente en las listas o anales de reyes egipcios. Entre estos se cuentan: la Piedra de Palermo (incompleta), que presenta lo que se considera como las cinco primeras dinastías de la historia egipcia; el Papiro de Turín (en muchos fragmentos), que da una lista de reyes y sus reinados desde el “Antiguo Reino” hasta el “Nuevo Reino”, y otras inscripciones en piedra, también incompletas. Estas listas y otras inscripciones independientes se han coordinado cronológicamente por medio de los escritos de Manetón, un sacerdote egipcio del siglo III a. E.C. Sus obras tratan de la historia y la religión egipcias y distribuyen los reinados de los monarcas egipcios en 30 dinastías, distribución que aún utilizan los egiptólogos modernos. Se han empleado estas fuentes, junto con cálculos astronómicos basados en textos egipcios sobre las fases lunares y la salida de la estrella Perro (Sotis), para hacer una tabla cronológica.

Problemas de la cronología egipcia.

Las dudas son múltiples. Las obras de Manetón, usadas para ordenar las listas fragmentarias y otras inscripciones, se conservan solo en los escritos de historiadores posteriores, como Josefo (siglo I E.C.), Sexto Julio Africano (siglo III E.C., quinientos años después de Manetón) y Sincelo (finales del siglo VIII o principios del IX E.C.). Como dice W. G. Waddell, las citas que hacen estos historiadores de los escritos de Manetón son incompletas y a menudo distorsionadas, por lo que “es extremadamente difícil saber con seguridad lo que es auténtico Manetón y lo que es espurio o corrupto”. Después de mostrar que Manetón se basó en parte en algunas tradiciones no históricas y leyendas que “presentaron a los reyes como sus héroes, sin consideración al orden cronológico”, dice: “Hay muchos errores en la obra de Manetón desde el mismo principio: no todos se deben a la desnaturalización de los hechos por parte de los escribas y refundidores. Se ha comprobado que muchas de las duraciones de los reinados son imposibles: en algunos casos los nombres y la secuencia de los reyes que da Manetón son insostenibles a la luz de las inscripciones”. (Manetho, introducción, págs. VII, XVII, XX, XXI, XXV.)

El libro Studies in Egyptian Chronology (de T. Nicklin, Blackburn, Inglaterra, 1928, pág. 39) muestra que muchos de los períodos excesivamente largos de Manetón quizás se deban a reinados concurrentes en vez de sucesivos: “Las Dinastías de Manetón [...] no son listas de gobernantes de todo Egipto, sino listas en parte de príncipes más o menos independientes y en parte [...] de líneas de príncipes de las que posteriormente salieron gobernantes de todo Egipto”. El profesor Waddell (págs. 1-9) observa que “quizás varios reyes egipcios gobernaron al mismo tiempo; [...] de modo que no fue una sucesión de reyes que ocuparon el trono uno después del otro, sino varios reyes que reinaron al mismo tiempo en diferentes regiones, de ahí el gran número total de años”.

Como la fecha que la cronología bíblica da para el diluvio universal es 2370 a. E.C., la historia egipcia tuvo que empezar después de ese año. Los problemas de la cronología egipcia supracitados deben ser la causa de que los historiadores modernos hayan remontado la historia egipcia hasta el año 3000 a. E.C.

Los egiptólogos han depositado más confianza en las inscripciones antiguas. Sin embargo, el esmero, veracidad e integridad moral de los escribas egipcios no es de ningún modo incuestionable. Como dice el profesor J. A. Wilson, “debe hacerse una advertencia sobre el valor histórico preciso de las inscripciones egipcias. Aquel era un mundo de [...] mitos y milagros divinos”. Más adelante da a entender que los escribas hasta manipularon la cronología para alabar al monarca del momento, y dice: “El historiador aceptará su información sin cuestionarla, a menos que haya una razón clara para desconfiar; pero debe estar preparado para modificar su aceptación tan pronto como otros hallazgos arrojen nueva luz sobre la interpretación previa”. (The World History of the Jewish People, 1964, vol. 1, págs. 280, 281.)

Falta información sobre Israel.

Esto no debe sorprendernos, pues los egipcios no solo evitaban registrar lo que no les favorecía, sino que hasta borraban los registros de monarcas anteriores si la información de tales registros le resultaba desagradable al faraón de turno. Por ejemplo, después de la muerte de la reina Hasepsut, Tutmosis III hizo que borraran su nombre y representaciones de los relieves de los monumentos. Seguramente esta costumbre explica por qué no hay ningún registro conocido de los doscientos quince años de la residencia israelita en Egipto o del éxodo.

La Biblia no menciona el nombre del faraón del tiempo del éxodo, de modo que su identificación solo puede basarse en la conjetura. Esto explica en parte por qué los cálculos de la fecha del éxodo hechos por los historiadores modernos varían de 1441 a. E.C. a 1225 a. E.C., una diferencia de más de doscientos años.

Cronología asiria.

Las inscripciones asirias mencionan contactos con los israelitas desde el tiempo de Salmanasar III (principios del I milenio a. E.C.), y a veces nombran a ciertos reyes de Judá e Israel. Entre estas inscripciones asirias se cuentan inscripciones de ostentación, como las de las paredes de los palacios; anales reales; listas de reyes, como la de Jorsabad, y las listas de epónimos o limmu.

Anales e inscripciones de ostentación asirios.

En su Assyrian Historiography (1916, pág. 5, 6), Albert Olmstead dice lo siguiente sobre las inscripciones de ostentación asirias: “Podemos [...] usar la inscripción de ostentación para salvar lagunas de los Anales [crónicas reales de acontecimientos dispuestos por años], pero no tiene la más mínima autoridad cuando no está de acuerdo con su original”. Después de mostrar que el propósito principal de las inscripciones de ostentación no era suministrar una historia coherente del reinado, añade: “Igualmente serio es que rara vez siguen un orden cronológico [...]. Es obvio que hay que utilizarlas con cautela”.

De los anales dice: “Tenemos aquí una cronología regular, y aunque a veces pueden hallarse errores, deliberados o no, la cronología relativa al menos suele ser correcta [...]. No obstante, sería un grave error creer que los anales siempre son fidedignos. Con demasiada frecuencia los historiadores antiguos han aceptado sus declaraciones a menos que tuvieran prueba definida de su inexactitud. En los últimos años se ha descubierto una gran cantidad de material nuevo que podemos utilizar en la crítica de los documentos de Sargón [...]. Añádase a esto las referencias de fuentes extranjeras, como las hebreas o las babilonias, y casi no necesitamos un estudio interno para convencernos de que los anales distan mucho de ser confiables”.

A lo antedicho puede añadirse el testimonio de D. Luckenbill: “Pronto se descubre que la exposición exacta de los acontecimientos como tuvieron lugar año tras año durante el reinado de un monarca no era la principal preocupación de los escribas reales. A veces parece que se permutaron las diferentes campañas sin ninguna razón aparente, aunque con más frecuencia se ve que la vanidad real demandaba no tomarse demasiado en serio la exactitud histórica”. (Ancient Records of Assyria and Babylonia, 1926, vol. 1, pág. 7.)

Los anales reales solían pasar por una serie de ediciones durante el reinado del monarca. Las ediciones posteriores presentaban nuevos sucesos, pero al parecer también cambiaban los hechos y datos de los años anteriores para que se acomodaran al capricho del rey. El profesor Olmstead dice que Asurbanipal “con toda desfachatez fue haciéndose gradualmente con las dos últimas campañas egipcias de su padre hasta que en la edición final no hay nada que no se haya atribuido a sí mismo”. (Assyrian Historiography, pág. 7.)

Se podrían presentar muchos ejemplos de lo poco confiables que son estos textos, por acción deliberada o por otras razones. A veces algunas listas de tributos decían que cierto rey vasallo pagaba tributo, mientras que otros registros mostraban que para ese tiempo ya estaba muerto. Después de citar un caso en el que la misma lista de tributos de Esar-hadón se acredita trece años más tarde a su hijo Asurbanipal, George Smith dice que esta lista posterior es “muy probablemente una copia literal del documento anterior, sin que se haya hecho intento alguno por asegurarse de si esos reyes aún reinaban, ni de si en realidad pagaban tributo”. (The Assyrian Eponym Canon, Londres, 1875, pág. 179.)

Listas de epónimos (“limmu”).

A pesar de lo supracitado, los cronólogos modernos por lo general sostienen que las listas de epónimos o limmu de algún modo escaparon de tal corrupción y consideran que están casi libres de errores. Estas listas de epónimos son simples listas de nombres y rangos de ciertos oficiales o listas de tales nombres acompañados de alguna breve mención de una campaña militar u otro suceso notable. Por ejemplo, una parte de una lista de epónimos lee:

Bel-harran-bel-usur (gobernador) de Guzana contra Damasco
  Salmanasar se sentó en el trono
Marduk-bel-usur (gobernador) de Amedi en la tierra
Mahde (gobernador) de Nínive contra [Samaria]
Asur-ismeani (gobernador) de [Kakzi] contra [Samaria]
Salmanasar rey de Asiria contra [Samaria]

Puede verse que no se da ninguna fecha, sino que se considera que cada nombre representa un año, lo que al parecer permite una cuenta año por año. Los historiadores modernos intentan sincronizar la historia asiria con la bíblica mediante estas listas de epónimos, en particular el período de 911 a 649 a. E.C., al que asignan los nombres o epónimos de las listas. Para fijar un punto absoluto, se basan en la referencia a un eclipse del Sol que se relaciona con el nombre de un cierto Bur-Sagale, gobernador de Guzana. El eclipse ocurrió en el mes de Siván (mayo-junio), y los historiadores suelen fijarlo el 15 de junio de 763 a. E.C. Más adelante, en el encabezamiento “Cálculos astronómicos” se analiza la confiabilidad de esta fecha y la sincronización de la historia asiria con la de Judá e Israel basada en ella.

Debido a la poquísima información que proveen las listas de epónimos (comparadas con los anales y otras inscripciones), es obvio que es mucho más difícil descubrir un error en ellas. Cuando se encuentran aparentes contradicciones entre las listas de epónimos y los anales, como la ubicación de cierta campaña en un año diferente del reinado de un monarca o durante una eponimia diferente, los historiadores modernos por lo general atribuyen el error a los anales en vez de a las listas de epónimos. Sin embargo, ni siquiera a la llamada historia asiria sincrónica —tablilla famosa que contiene un relato conciso de las relaciones entre Asiria y Babilonia durante un período de siglos— se le atribuye el mismo grado de exactitud. Después de demostrar que este documento es solo una copia de una inscripción de ostentación anterior, A. T. Olmstead dice: “De modo que podemos considerar que nuestro documento ni siquiera es historia en el pleno sentido del término, sino solo una inscripción erigida para la gloria de Asur [el principal dios asirio] y de su pueblo [...]. Viéndolo así, ya no nos preocupan los numerosos errores, incluso en el orden de los reyes, que tanto menguan el valor del documento donde más se necesita su testimonio”. (Assyrian Historiography, pág. 32.)

Es obvio, pues, que esta falta de consecuencia que aparece en las listas de epónimos dificulta de manera importante a los eruditos modernos llegar a una cronología exacta, en especial cuando la compilación de datos que abarcan varios siglos fue hecha por escribas a quienes al parecer importaba poco la exactitud histórica. También se entiende que los historiadores modernos se sientan justificados para ajustar o rechazar la cuenta de las listas asirias de epónimos cuando otros factores o pruebas lo aconsejan.

La información anterior lleva a la conclusión de que, o los historiadores modernos no entienden bien la historiografía asiria, o esta es de muy bajo calibre. En cualquier caso, no nos sentimos obligados a tratar de coordinar la cronología bíblica con la historia que presentan los registros asirios. De modo que solo exponemos los sincronismos más seguros entre Asiria, e Israel y Judá, según se señalan en el relato bíblico.

Cronología babilonia.

Beroso.

Otros factores a los que se deben las diferencias.

Cronología persa.

Cálculos astronómicos.

El canon de Tolomeo.

Eclipses lunares.

Fechas arqueológicas.

Historiadores del período clásico.

Tucídides.

La cuenta bíblica del tiempo.

esde la creación del hombre hasta el presente.

Los historiadores modernos son incapaces de determinar una fecha fija para el comienzo del “período histórico” de la humanidad. Sea que investiguen en la historia de Asiria, Babilonia o Egipto, a medida que se adentran en el II milenio a. E.C., la cronología se hace cada vez más incierta e inestable, y ya en el III milenio se encuentran con un panorama confuso y oscuro. Por otro lado, la Biblia suministra una historia coherente que permite contar metódicamente el tiempo hacia atrás hasta llegar al comienzo de la historia humana. Este cómputo puede realizarse gracias a las referencias bíblicas a determinados períodos de tiempo extensos, como los cuatrocientos setenta y nueve años completos que transcurren desde el éxodo hasta el comienzo de la construcción del templo durante el reinado de Salomón. (1Re 6:1.)

Para ello debemos emplear un punto fijo o fecha absoluta como punto de partida, es decir, una fecha en la historia que sea aceptada por su firme respaldo y que corresponda con un acontecimiento específico registrado en la Biblia. Partiendo de esta fecha absoluta podemos calcular hacia atrás o hacia adelante y fechar según el calendario actual los muchos acontecimientos referidos en la Biblia.

Una de estas fechas de convergencia entre la Biblia y la historia seglar es el año 29 E.C., cuyos primeros meses coincidieron con el decimoquinto año de Tiberio César, nombrado emperador por el senado romano el 15 de septiembre de 14 E.C. (calendario gregoriano). En el año 29, Juan el Bautista comenzó su predicación y posiblemente seis meses más tarde bautizó a Jesús. (Lu 3:1-3, 21, 23; 1:36.)

Otra fecha que puede considerarse como absoluta es el año 539 a. E.C., apoyado por varias fuentes históricas como el año de la caída de Babilonia ante Ciro el persa. (Entre estas fuentes históricas sobre el reinado de Ciro están Diodoro, Africano, Eusebio y Tolomeo, así como también las tablillas babilonias.) El decreto para la liberación de los judíos se dio durante el primer año del reinado de Ciro. Y, como se expuso en el artículo sobre Ciro, es muy probable que este decreto se expidiera en el invierno de 538 o hacia la primavera de 537 a. E.C., lo que permitiría que los judíos hicieran los preparativos necesarios, efectuaran el viaje de cuatro meses de regreso a Jerusalén y tuvieran tiempo de llegar para el séptimo mes (Tisri, aproximadamente el 1 de octubre) de 537 a. E.C. (Esd 1:1-11; 2:64-70; 3:1.)

Usando estas fechas absolutas podemos relacionar una gran cantidad de acontecimientos bíblicos con fechas específicas del calendario. A continuación se ofrece el esquema de fechas principales que sirve de base para dicha cronología:

Sucesos Fecha Período entre sucesos
Desde la creación de Adán 4026 a. E.C.  
Hasta el comienzo del Diluvio 2370 a. E.C. 1.656 años
Hasta la validación del pacto abrahámico 1943 a. E.C. 427 años
Hasta el éxodo de Egipto 1513 a. E.C. 430 años
Hasta el comienzo de la construcción del templo 1034 a. E.C. 479 años
Hasta la división del reino 997 a. E.C. 37 años
Hasta la desolación de Judá 607 a. E.C. 390 años
Hasta el regreso de los judíos del cautiverio 537 a. E.C. 70 años
Hasta la reconstrucción de los muros de Jerusalén 455 a. E.C. 82 años
Hasta el bautismo de Jesús 29 E.C. 483 años
Hasta la actualidad 2014 E.C. 1.985 años
Total de años transcurridos desde la creación de Adán hasta 2014 E.C. Total: 6.039 años

¿Cómo se ha elaborado esta cronología partiendo de los datos bíblicos y, en algunos casos, de la historia extrabíblica? A continuación explicamos cómo se ha calculado cada uno de los períodos de tiempo indicados.

Desde la creación de Adán hasta el Diluvio.

Los 1.656 años de este período se basan en el registro de Génesis 5:1-29 y 7:6. Pueden desglosarse como se ve en el siguiente recuadro.

Cronologóa desde Adán hasta el Diluvio    
Desde la creación de Adán4026 a.E.C 
hasta el nacimiento de Set3896 a.E.C130 años
Luego, hasta el nacimiento de Enós3791 a.E.C105 años
Hasta el nacimiento de Quenán3701 a.E.C90 años
Hasta el nacimiento de Mahalalel3631 a.E.C70 años
Hasta el nacimiento de Jared3566 a.E.C65 años
Hasta el nacimiento de Enoc3404 a.E.C162 años
Hasta el nacimiento de Matusalén3339 a.E.C65 años
Hasta el nacimiento de Lamec3152 a.E.C187 años
Hasta el nacimiento de Noé2970 a.E.C182 años
Hasta el Diluvio2370 a.E.C600 años
 Total:1.656 años

Las cantidades que se han indicado para el período antediluviano se encuentran en el texto masorético, texto en el que se basan las traducciones modernas de las Escrituras Hebreas. Estas cantidades difieren de las que se hallan en la Septuaginta griega, pero el texto masorético ha demostrado ser más confiable.

La obra Commentary on the Holy Scriptures (de Lange, 1976, “Genesis”, pág. 272, nota) dice: “No hay duda de que las pruebas internas favorecen al texto hebreo por su consecuencia proporcional. Se ve que las cifras de la LXX siguen un plan al que han sido conformadas. Esto no se aprecia en el texto hebreo, lo que hace que se le pueda considerar un auténtico registro genealógico [...]. Sobre la base fisiológica, también ha de preferirse el hebreo; como la duración de la vida no requiere de ningún modo una madurez tan tardía como esas cifras [de la Septuaginta] parecerían indicar [...], los cien años que la Septuaginta añade en cada caso demuestran un intento deliberado de conformarlas a unas proporciones más normales, basadas en alguna supuesta noción fisiológica [...]. A todo esto debe añadirse que el hebreo tiene mejores credenciales para ser considerado el texto original debido al escrupuloso y, a veces, supersticioso, cuidado con el que se ha conservado textualmente”.

Aunque los historiadores modernos suelen extender la existencia humana sobre la tierra mucho más allá de 4026 a. E.C., los hechos no concuerdan en absoluto con tal postura. Los miles de años de “prehistoria” cuya existencia defienden se basan en la especulación, como puede verse por la siguiente declaración que hizo el eminente científico Dr. P. E. Klopsteg, quien dijo: “Acompáñeme, si lo desea, a una excursión especulativa por la prehistoria. Supóngase la era en la que la especie ‘sapiens’ surgió del género ‘homo’ [...], salte varios milenios desde el tiempo en que la información de que disponemos depende en su mayor parte de la conjetura y la interpretación hasta la era de las primeras inscripciones, de las que se pueden extraer algunos datos” (cursivas nuestras). (Science, 30 de diciembre de 1960, pág. 1914.)

El período postdiluviano comienza en el año 2369 a. E.C. Aunque algunos piensan que ciertos escritos pictográficos pertenecen al período que va de 3300 a 2800 a. E.C. (New Discoveries in Babylonia About Genesis, P. J. Wiseman, 1949, pág. 36), en realidad estos documentos no están fechados; la edad que se les atribuye se basa tan solo en conjeturas arqueológicas.

Aunque en ocasiones se ha recurrido a la técnica de fechar con radiocarbono (C14), este método tiene claras limitaciones. La revista Science del 11 de diciembre de 1959 dijo al respecto: “El caso que parece que llegará a convertirse en un ejemplo clásico de ‘irresponsabilidad del C14’ es el de la aldea prehistórica de Jarmo, en el nordeste de Irak. Se han atribuido once diferentes fechas a esta aldea con una diferencia máxima entre ellas de seis mil años, mientras que, sobre la base de todos los indicios arqueológicos, no fue ocupada por más de quinientos años consecutivos”. En realidad, no existe prueba sólida que favorezca una fecha anterior a 2369 a. E.C. para el comienzo de la sociedad humana postdiluviana.

Desde 2370 a. E.C. hasta el pacto abrahámico.

Desde 1943 a. E.C. hasta el éxodo.

Desde 1513 a. E.C. hasta la división del reino.

Desde 997 a. E.C. hasta la desolación de Jerusalén.

Desde 607 a. E.C. hasta el regreso de los judíos del exilio.

La duración de este período viene fijada por el propio decreto divino con relación a Judá, que dice: “Toda esta tierra tiene que llegar a ser un lugar devastado, un objeto de pasmo, y estas naciones tendrán que servir al rey de Babilonia setenta años”. (Jer 25:8-11.)

La profecía bíblica no permite otra aplicación de estos setenta años que no sea al período comprendido entre la desolación de Judá, que llegó con la destrucción de Jerusalén, y el regreso de los judíos exiliados a su tierra como resultado del decreto de Ciro. La profecía especifica con toda claridad que los setenta años serían años de devastación de la tierra de Judá. Daniel el profeta entendió de esta manera la profecía, pues dijo: “Yo mismo, Daniel, discerní por los libros el número de los años acerca de los cuales la palabra de Jehová había ocurrido a Jeremías el profeta, para cumplir las devastaciones de Jerusalén, a saber, setenta años”. (Da 9:2.) Después de describir la conquista de Jerusalén por Nabucodonosor, en 2 Crónicas 36:20, 21 se dice: “Además, a los que quedaron de la espada se los llevó cautivos a Babilonia, y llegaron a ser siervos para él y sus hijos hasta que la realeza de Persia empezó a reinar; para cumplir la palabra de Jehová por boca de Jeremías, hasta que la tierra hubo pagado sus sábados. Todos los días de yacer desolada guardó sábado, para cumplir setenta años”.

Jerusalén fue sitiada definitivamente en el noveno año de Sedequías (609 a. E.C.) y cayó en su undécimo año (607 a. E.C.), que corresponde con el decimonoveno año del reinado de Nabucodonosor (si contamos desde 625 a. E.C., su año de ascenso al trono; 2Re 25:1-8). En el quinto mes de 607 (el mes de Ab, que correspondía a parte de julio y agosto) la ciudad fue incendiada, los muros demolidos y la mayor parte de sus habitantes llevados al destierro. Sin embargo, se permitió que quedaran “algunos de condición humilde de la gente”, quienes al final huyeron a Egipto cuando Guedalías, el gobernador nombrado por Nabucodonosor, fue asesinado, dejando de ese modo la tierra de Judá desolada por completo. (2Re 25:9-12, 22-26.) Esto ocurrió en el séptimo mes, Etanim (o Tisri, que correspondía a parte de septiembre y octubre). Por consiguiente, la cuenta de los setenta años de desolación debió haber comenzado hacia el 1 de octubre de 607 a. E.C., para finalizar en 537 a. E.C. Fue en el séptimo mes de este último año cuando los primeros judíos repatriados llegaron a Judá, justo setenta años después del comienzo de la desolación completa de la tierra. (2Cr 36:21-23; Esd 3:1.)

Desde 537 a. E.C. hasta la conversión de Cornelio.

El período apostólico posterior.

Se pueden fijar fechas aproximadas para algunos de los acontecimientos de este período de tiempo. La profecía del profeta cristiano Ágabo sobre una gran hambre, así como la persecución posterior instigada por Herodes Agripa I, que resultó en la muerte de Santiago y el encarcelamiento de Pedro, debieron ocurrir en 44 E.C. (Hch 11:27-30; 12:1-4.) Ese año murió Herodes Agripa, y la predicha gran hambre se produjo sobre el año 46 E.C. Es probable que esta última fecha también corresponda a la “ministración de socorro” que llevaron Pablo y Bernabé. (Hch 12:25.)

El primer viaje de Pablo a Corinto puede calcularse por el proconsulado de Galión. (Hch 18:1, 11-18.) Como se explica en el artículo GALIÓN, su proconsulado al parecer se extendió del verano de 51 E.C. al verano de 52 E.C., aunque algunos eruditos favorecen los años 52 y 53 E.C. Por consiguiente, los dieciocho meses que Pablo permaneció en Corinto tal vez empezaron en el otoño de 50 E.C. y terminaron en la primavera de 52 E.C. Esto lo confirma, además, el hecho de que dos de los compañeros de Pablo en Corinto, Áquila y Priscila, habían llegado hacía poco de Italia debido al edicto del emperador Claudio, que ordenaba que todos los judíos se fueran de Roma. (Hch 18:2.) Paulo Orosio, historiador del siglo V, afirma que este edicto se dio en el noveno año de Claudio, es decir, en el año 49 o a principios de 50 E.C.

Pablo estuvo encarcelado en Cesarea los últimos dos años de la gobernación de Félix, y después fue enviado a Roma por el sucesor de Félix, Porcio Festo. (Hch 21:33; 23:23-35; 24:27.) La fecha de ascenso de Festo es algo incierta, pues los datos históricos no concuerdan completamente, si bien la fecha más probable parece ser el año 58 E.C. La posterior llegada de Pablo a Roma puede situarse entre los años 59 y 61 E.C.

El gran incendio que asoló la ciudad de Roma ocurrió en el mes de julio de 64 E.C., y a continuación se desató una feroz persecución contra los cristianos instigada por Nerón. Es probable que el segundo encarcelamiento de Pablo y su posterior ejecución tuvieran lugar poco después de estos hechos. (2Ti 1:16; 4:6, 7.) Por lo general se cree que la deportación de Juan a la isla de Patmos ocurrió durante el gobierno del emperador Domiciano. (Rev 1:9.) La persecución de los cristianos llegó a un punto culminante durante su gobernación (81-96 E.C.), en particular durante los últimos tres años. La opinión tradicional es que Juan fue liberado de su exilio después de la muerte de Domiciano y murió en Éfeso hacia el fin del siglo I E.C. Las epístolas que Juan escribió sobre ese tiempo completaron el canon bíblico y el período apostólico llegó a su fin.

“Cronología” - (Pág.71)
Fechas Sobresalientes